El escudo, la bandera y la caída nacional

Ana Black

Habrá quien me juzgue con severidad y sobrará quien termine calificándome de loca pero, después de mucho analizarlo, he concluido que sí, estoy conforme con nuestro reformado escudo nacional. Lo aplaudo, casi con frenesí, porque representa todo lo que es este gobierno. Todo lo que será la Patria no en el 2030, que sería mucho esperar, en un par de años, de seguir así.

Lo representa por el mismo hecho de haberlo reformado. ¡Es que no podía ser de otra manera en un gobierno que llegó para cambiar! Para cambiar los nombres de los ministerios, de los organismos públicos, de escuelas y universidades, de calles y avenidas, de plazas y museos. ¡Es el gobierno del cambio, qué duda cabe! Y sí, hemos tenido enormes transformaciones. En salud, por ejemplo, ya casi logramos eliminar los hospitales y ambulatorios de todo el país y permutarlos por módulos de Barrio Adentro: una cabinitas de unos pocos metros cuadrados de extensión donde los médicos –que antes eran venezolanos y fueron cambiados por cubanos– ¡otro logro! recetan pastillitas, ungüentos y alguna cataplasma al paciente que ahora debe estar  feliz y agradecido porque tiene al médico a patemingo aunque no tenga dónde acudir cuando la cosa se le ponga seria y amerite digamos, una operación. En vialidad, hemos ido cambiando las modernas vías de comunicación terrestre construidas en los cuarenta años de la corrupta etc., por trochas y caminos de tierra. En producción agrícola abandonamos modernos sistemas de siembra y cría de ganado por el tradicional conuco y los innovadores gallineros verticales. En economía nos dejamos de modernidades globalizadoras y pasamos al sistema buhoneril. Sospecho que en poco tiempo habremos llegado a meta final, o sea, el trueque. En educación cambiamos la que ya era deficiente por una express: los alumnos s gradúan de bachilleres en dos años, sin conocimiento de matemática, física o química y listo, para la universidad porque sí.

Hasta hemos cambiado la manera de dirigirnos a nuestros queridos y omnipresentes negros. Cada vez que me imagino a mi mamá llamando a su amiga de toda la vida; a quien es, por decisión propia, más que su hermana; a quien hasta hace poco fue La Negra, Afroamericana. “Voy a llamar a la Afroamericana para ver si quiere ir al cine”. Por mi parte yo intenté preguntarle a mi tía Lucía por mi primo, el Afroamericano y me contestó: “¿Que cómo está quien, mi amor?”. Mi hija y sus amigos han hecho fiesta con el cuento de llamar Afroamericano y Afroamericanito a quienes hasta hace nada fueron sus grandes panas el Negro (Juan) y El Negrito (Willy). Más gringo-imperialista que esto, no sé si haya. De lo que sí estoy segura es de que es el cambio de los cambios de los cambios.

Así pues, la caricatura de un caballo yendo patrás a toda mecha (o galope) como se nota que va el del escudo reformado; un puño de flechas y un machete, no representan más que la esencia divina de este régimen: el retroceso acelerado a los más elementales sistemas de supervivencia. Para mí le falta una sola cosa: un largo y grueso mecate guindando  del nudito de la cinta tricolor en representación del espíritu de quienes al grito de: “¡Cambiemos el escudo!”, sin más dijeron: “¡Heil!”

Ana Black

© nojile