Recuerdos de polvorosas

Ana Black

Cuando la sazón ha sido parte de la vida. Cuando se ha convivido con las especias, los sabores, los ingredientes desde que la memoria alcanza a retener. Cuando se ha crecido en torno a la cocina de una familia, consultando el libro de recetas de la bisabuela y atendiendo los consejos de todas las mujeres, vivas y muertas, entonces cocinar deja de ser un arte para convertirse en modo de vida, en sistema de comunicación, en herencia valiosa.

Ese es mi caso. Yo crecí entre hornillas, conversas, aliños y risas; entre consejos y ollas. No sé cuándo aprendí a cocinar, cuándo tuve noción exacta de lo que es una pizca de sal, ni cómo llegué a comprobar que aquella máxima: —bueno es cilantro pero no tanto— que mi abuela repetía enfurruñada cuando abusábamos de su santa paciencia, era en realidad un consejo culinario.

En mi familia todo se celebra, se llora o se comparte frente a un platillo especial. No tiene que ser espléndido debe, más bien, haber sido cocinado con amor. Ningún remedio mejor para combatir las inapetencias que dejó una enfermedad en el hijo que las sutiles natillas. Nada superará el provecho de una cremita de auyama, animada con pimienta recién molida, cuando llueve en la noche y la familia se reúne en el desconcierto de los truenos. Jamás habrá mejor pócima  para el amor que el aroma seductor de la albahaca. La sonrisa que acompañe al platillo, sea tierna, serena o hechicera, será siempre el contorno perfecto.

Uno de mis recuerdos más valiosos, de esos que se sacan a pasear cuando el ánimo está bien dispuesto y la audiencia es favorable, me ubica en la cocina de mi abuela materna. En vacaciones reunía a las nietas y nos enseñaba a cocinar. El único requisito a cumplir era el de saber hablar y caminar, edad ideal para iniciar a cualquier criatura en los ocultos deleites del arte de amasar. Severa, siempre nos mandaba a lavar las manos antes de comenzar porque “después la comida sabe a calle”.

De éstas evocaciones, la más querida es la de las polvorosas. Todo era divertido. Amasar todos los ingredientes de una vez y muy bien para que quedara una masa firme y uniforme, darles la forma adecuada porque “la polvorosa debe ser pequeña, redondita y no se deben sobar mucho para que queden impecables”.

Una vez hechas las bolitas y colocadas a distancia prudencial unas de otras sobre una bandeja engrasada y enharinada, se les hace una incisión con la punta del tenedor. Este movimiento, leve pero firme, les dará el achatamiento perfecto de manera “que no parezcan ni pelotas ni arepas”.

Al final de la sesion, se oían los reclamos de mi abuela, quien nunca llegó a entender por qué, si ella misma lavaba mis manos antes de comenzar la faena, mis polvorosas siempre quedaban grises; o cómo era posible que ninguna de las mías jamás fuera igual ni en tamaño ni en forma. Supongo que al ver mi cara de angustia, se dejaba arrastrar por la ternura y terminábamos abrazadas, ella riéndose de mis disparates y yo robándole sus inmaculadas galletas. Las feas, abuela al fin, terminaba comiéndoselas ella.

Para quien quiera intentar hacerlas porque va a hacer una piñata, un regalo o por la simple dicha de complacer a sus hijos, las cantidades son éstas:

Al sacarlas del horno (precalentado a 300 grados), después de una media hora, se espolvorean con azúcar pulverizada, la que se puede hacer en casa metiendo en la licuadora un puñado de azúcar normal.

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Me es imposible disociar a estas galletas de la imagen de un divertido desorden. Cuando todo había pasado nos escondíamos en el baño a hacer competencias de silbidos con la boca llena de polvorosas.

Ana Black

Publicado en El Nacional