Pues, mira Luy, en respuesta a tu detallada exposición de motivos por los que no ves El Clon, te puedo decir, cIaro, sin tanto sustento científico, que es que a mí, las culebras criollas me espantan. Me horrorizan las escenografías de cartón piedra en las que todo suena hueco y todo tiembIa con sólo pisar fuerte o cuando cierran una puerta con extrema rabia (casi siempre porque alguien está peleado a muerte con la vida). Más que espanto me producen risa los escenarios en los que las casas de los ricos siempre tienen escaleras de botuto (la mejor definición que encontré para explicar que son como de caracol pero tan grandes que sólo alcanza para reproducir la primera curva) como si esa voluta escalonada -junto a los muebles Luis XV y 1/2 y los perros de porcelana a escala natural- fueran los máximos símbolos del bienestar económico. No entiendo que los salones de esas casas, año tras año, argumento tras argumento estén decoradas con afiches recortados del Maccsi; que en la habitación principal no haya ni una rimerita de libros (aunque sea de autoayuda) apilada en la mesa de noche o que en los cuartos de los niños no haya desorden. Son casas minimalistas donde no hay ceniceros feos pero queridos porque eran del abuelo, ni retratos sobre el piano (debe ser porque no hay pianos) ni coroticos puestos sobre la mesa del medio. En las oficÍnas, aparte de una computadora, no hay papeles, cajitas de disquetes o libretas que delaten trabajo. En las dependencias policiales sucede lo mismo, sólo que enriquecen la escenografia con un dispensador de agua desenchufado y unas cuantas carpetas Lec vacías. De la iluminación con triple sombra es poco lo que puedo decir, sobre todo porque sé que hace años inventaron los difusores.
No te cuento de las mujeres con sus pechugas abundantes y aquí el problema no es de fronda, ya las quisiera yo para mí, es que han convertido. a las lolas en una herramienta actoral más; es como que si no exhiben al menos 65% de su volumen todo el personaje, sea madre soltera, adolescente rebelde o asistente doméstica explotada pierde carácter. Ninguna se viste holgado, no usan bluyín y franelita ni cuando pasan coleto; el desaliño mañanero no lo manejan aún cuando estén en los últimos estertores de la. muerte -y a pesar de! que en ER nos han enseñado que un moribundo serio debe estar conectado, al menos, a 32 cables y 7 máquinas, los moribundos locales sobreviven capitulos eternos apenas conectados a un tubito de Oxígeno. Aún agónicas, lucen lozanas, van peinadas y maquilladas. Quizás esta sea una lección de optimismo que nos quieren transmitir los directores: Mamita, el glamour no se debe perder aunque estés soltando el bofe.
Esto me lleva directo a la actuación. Monjas devotas, curas modernos, bichas gozonas, chulos sufridos, padres desesperados, hermanas clandestinas, cuñados malvados, gemelos opuestos, secretarias abnegadas., jardineros competentes, mayordomos intrigantes, nietos cariñosos, abuelas desalmadas, mendigos heroicos, prósperas empresarias, ascensoristas entrépitas, todos son bonitos y todos actúan mal.
Publicado en El Nacional el 8 de junio de 2003