Manual para sobrevivir estos tiempos

Ana Black

A la Comis
que anda por ahí con el corazón arrugao.

El último chateo con mi amiga me dejó exhausta. Entre que ella es frenética (escribe cientos de frasecitas una tras otra a velocidad mega sónica) y que yo soy todo lo contrario (lentaza y todavía pienso que esa es una herramienta para conversar como se hace a viva voz y no cada uno por su lado, o sea, me estoy poniendo vieja), la situación se me convierte en una especie de diálogo de locas, la cual mantengo por no hacerle un desplante a su efusividad. Pero esta vez fue un verdadero bombardeo de oraciones, decepciones, atribulaciones, angustias y súplicas todas disparadas de su parte, vía tecleo súbito, sin contemplación alguna. Y es que mi comadre Carolina anda sintiéndose como con la Espada de Damocles pendiendo sobre su cabeza y le ha dado por pedirle a cuanto bípedo más o menos pensante se le atraviesa en el camino que le dé luces para sobrellevar, si no con éxito, al menos con cierta dignidad la angustia que la consume.

Lo primero que le recomiendo, tanto a ella como a cuantos puedan estar en las mismas condiciones, es que no se preocupen por la mentada espada, es sabido que –además de no ser de Damocles sino de un tirano fanfarrón que pensaba que la grandeza de los hombres de su rango era justamente esa: amedrentar a sus súbditos con un hierro colgado del techo por la crin de un caballo– ésta nunca llegó a caer... al menos en el cuento que a mi me echaron.

La segunda recomendación viene, como no, por las veredas de la risa. Es cuestión de detenerse un momento y escuchar a quienes día a día, torpeza a torpeza, barbarismo tras barbarismo propician el descalabro de nuestro país. Eso no da risa, ya lo sé pero ellos sí y no hay nada que descomponga más a quien se siente poderoso que la risa de aquellos que lo descubren en su desnudez. Contrario a lo que muchos creen, reír da fuerzas y aclara las ideas.

Si esto no es suficiente y la aflicción persiste, pueden proceder a relajarse, como mi amigo Oscar que de ser el hombre más formal del mundo pasó a ser uno que se quita los zapatos en las reuniones para estirar los deditos de sus pies, que espero que sean diez. Desde ese día sus ideas, siempre lúcidas, se volvieron acogotadoramente brillantes.

Una vez con la risa en el alma y el espíritu laxo, todo se nos hace más sencillo y  emprender cualquier lucha será tarea fácil. Y aquí viene la otra –y por problemas de espacio– última recomendación: ¡Hay que actuar! Nada hay que deprima más que estar en una fiesta viendo cómo los demás se divierten. Únanse a cualquier grupo de los miles que existen en el país haciendo lo que en una época se llamaba Patria. Los hay de todo tipo: están los que pelean las morochas; los que reclaman injusticias; los que velan por la legalidad; que reclaman compromiso; que ponen esqueletos (que risa); que disfrazan calabazas; que  amparan a los presos; que hacen pintas; que defienden los derechos; que vigilan a torcidos; que protegen la educación; que denuncian desmanes; que delatan corrupciones; que descubren trampas; que organizan comunidades; que documentan la historia; que consuelan a los engañados; que remiendan entuertos; que van donde las brujas; que rezan el rosario. En fin, todo una gama de posibilidades para activar el ánimo mientras recuperamos el país.

Comadre ¡pare de sufrir!

Ana Black

Publicado en el diario El Mundo