Mofongo con Gravy

Carolina Espada

¿Dónde se puede celebrar el hallazgo del Nuevo Mundo y la identidad patria, el día de Thanksgiving desde el pavo hasta el pumkin pie, y la Navidad en el más puro estilo de Güi-güichu-a-merricrijmas en menos de dos semanas? ¡Ay, bendito, en Puelto Jrico!

Usted llega a “La Isla del Encanto” y, de entrada, le informan con cariño boricua: “¡Ave María, si mañana todo está cejrrado polque es fiesta! ¡El 19 de noviembre de 1493, Cristóbal Colón nos descubrió y nosotros vamos a tenel 510 años festejándolo!”

Y el recién llegado a “La Perla de Los Mares” se queda lelo. Pero si el 12 de octubre es el que siempre ha sido el Día de la Raza… El 12 es cuando uno hace los actos culturales en el colegio que si con la Reina Isabel y las tres carabelas y Rodrigo de Triana gritando hidrófobo. El visitante tarda en caer en cuenta de que sí, es verdad, a esa islita (llamada en taíno Borinquén o Burequen o Baneque-Carib o Borique) fue avistada en el segundo de los viajes del genovés alucinado, quien escribió: “…y de mayores tierras y más fermosas y ansí de la misma fechura, a la cual dixe el nombre de Sant Juan Baptista”.

- ¡¿Pero por qué ustedes no conmemoran el Descubrimiento como en el resto de América?!

- Diiitooo, polque todos ustedes tienen para celebral su Día de la Independencia, en cambio, nosotros, no.

Así nos dijo el portorro Eugenio y su tío Domingo acotó: “Es que aquí siempre hemos tomado agua de colonia”.

El asunto es que gente festeja con furor su portorriqueñidad e hispanidad. En todas partes ponen un adornito: un galeón español de anime, unos doblones de oro de cartulina escarchada, un indio y un descubridor mirándose asombrados: “¡Oh!”. Al turista, la decoración lo remite derechito al 12 de octubre, pero como ya está en noviembre, siente que se desfasa. Invariablemente, los historiadores locales comienzan el debate bizantino: el Almirante desembarcó en la ensenada de Aguada (mejor conocida como la bahía de Aguadilla); pues no, eso sucedió en Mayagüez; no, se realizó en Cabo Rojo-Boquerón; ni hablar, fue por Añasco. Y llegamos a la mayor de las polémicas y citamos a Don Aurelio Tió: “No fue Cristóbal Colón, sino Martín Alonso Pinzón quien descubrió a Puerto Rico en el primer viaje de la expedición”.

Pero el 19 termina y ya hay que comenzar a prepararse para la festividad de Thanksgiving, que los portorriqueños honran como si ellos acabaran de desembarcar del “Mayflower”.

En 1621, tras haber sobrevivido un invierno atroz de hambruna y muerte, los Pilgrims de la colonia de Plymouth, en Nueva Inglaterra, aprendieron a pescar y a cosechar el maíz gracias a la conmiseración del jefe indio Massasoit y de su tribu, los Wampanoag. Con la primera cosecha -y siguiendo la tradición de los Puritanos de conmemorar un día de gracia después de haber superado una tragedia o un periodo de infortunios- el Gobernador William Bradford proclamó el primer festejo americano para expresar gratitud por las bendiciones de Dios. El festín, en donde cuatro pavos salvajes fueron preparados con relleno de pan, fue compartido por todos los colonos y una delegación de los nativos de la región (poquitos, please).

En Puerto Rico se tomaron la fiesta para ellos. En una lechonera de Aibonito, convertida en “pavera” para la ocasión, Doña Coco, la propietaria, pregunta tentadora y apetitosa: “¿Van a querel el mofongo con gravy de corned beef?”. Y al extranjero se le cortocircuitea la base de datos gastronómicos. Pero es que así son ellos allá: plátano verde con ajito y chicharrón, y un toque de salsita gringa de lo más God Bless America. Como peregrinos al son de Gilbeltito Santajrrosa. ¡Ea pallá!

Pasa Thanksgiving y uno no ha terminado de hacer la digestión de la alcapujrria con cranberry sauce, cuando la Navidad es decretada oficialmente y todo –todo- es ornamento y campanita. Donde antier había un muñecote de Cristóbal Colón con un pendón y un huevo; y, ayer, un pavo disfrazado de colono inglés; hoy está un gordo sudado vestido de Santaclós y unos niñitos consumistas y un fotógrafo haciendo su diciembre. Y el ambiente musical que insiste infatigablemente automatizado: “Let it snow, let it snow, let is snow!”.

Para el escritor Emilio Díaz Valcárcel, la portorriqueñidad es un sentimiento que se extiende más allá del espacio geográfico: “No es que uno haya nacido por casualidad, sino que, habiendo nacido en un país, le importen sus raíces”. Sus raíces… (y los trasplantes y los injertos y el abono marca A.C.M.E.). Menos mal que ya viene el Día de Reyes y en “La Tierra del Edén” harán otra parranda al grito entusiasta de: “¡Japi Tri Kin Dei!”.

Carolina Espada


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