Me urge saber por qué la mayoría de los hombres, cualquier tipo de hombre, el cargador de gaveras de refresco de la bodega; el doctor súper ufff en investigaciones profundísimas; el opositor defrost dentro de su piscina aclimatada; el comunista trasnochado tarareando “El unicornio azul” de la vetusta y enteladearañada Nueva Trova Cubana; el agnóstico-apolítico-ácrata de tan correctos modales él; los siameses de San Rafael de Zurpe y eternos rivales, porque uno es del Caracas y otro, del Magallanes; el negro Chúo que toca bongó en Sarría; el divino Oscar que oscila entre Wagner y Mahler según el estado del tiempo; el resentido geográfico que sigue hablando de la gente que vive en el Este; el petulante insufrible que continúa tildando a algunos conciudadanos de “chusma”, “monos” o “niches”; el jalabolas del primer mandatario o el clandestino que tiene aaaños fantaseando un minicidio, ¿por qué todos ellos, a la hora de discutir con una mujer y quedarse sin argumentos, lo último que se les ocurre, a modo de máxima ofensa, desprecio y fin de la conversación, es mandarla a que un tipo le dé una buena revolcada? (Por no decir que el pene del señor le llegue a la dama hasta el mesenterio).
¿Por qué?
A nosotras no se nos pasa por la mente, en idéntica situación, aconsejarle al caballero que vaya y penetre a un burro por el orificio anal. No por el homo ¿sapiens?, sino porque sentimos mucho respeto por el burrito y nos avergüenza en grado máximo la zoofilia.
Me informa mi madre que, otrora, la peor ofensa era gritarle a alguien: “¡Vete a bañar!”… Entonces… ¿por qué, cuándo, cómo y dónde los hombres suplantaron el insulto de la higiene personal por el de la intimidad sexual? ¿Por qué, a falta de un discurso de altura convincente y sólidamente fundamentado- lo que les queda es mandarnos a sostener un coito placentero hasta el paroxismo? Y las que disfrutamos de eso y estamos más que satisfechas y lo único que nos resta es encargar una estatua -tipo “David” de Miguel Ángel, pero con un considerable incremento en la protuberancia- como homenaje a nuestros tipazos… ¿qué hacemos? ¿Nos vamos a bañar?
Opina M.C.Valecillos (corresponsal de esta página en Tsukuba, Japón y miembro fundador del nojile) que el asunto tiene que ver con Freud y Margaret Mitchell; que a la cosa hay que entrarle o por el psicoanálisis -en donde lo que sea tiene un origen sexual-, o por “Lo que el viento se llevó” y la escena aquella en donde Rhett Butler “apacigua” a Scarlett O’Hara (quien se bate, se bate y se bate, pero después se deja). Valecillos agrega: “En el fondo creo que todos pensamos que no hay acaloramiento que sobreviva un orgasmo”. Pero la tía Sofi de Laura Restrepo es de otro parecer: “…como si por aprendizaje hereditario supieran que adquiere el mando quien logra controlar la sexualidad del resto de la tribu”. 1
Y yo sigo preguntando: ¿por qué? ¿Acaso la única forma de hacer callar a una mujer es a punta de sexo? ¿Será que una buena tanda de copulaciones hacen que a una señora se le olvide opinar? ¿Qué tiene que ver la totonita con las neuronas? ¿No sería más fácil acatuñarle en la boca a la damisela una estopa y un esparadrapo, y reforzarlos con tirro y scotch tape?
Confieso que estoy altamente intrigada y en este momento la cabeza no me da para más. Por lo tanto me voy a hacer unos bucles; y me pondré una peineta, un lacito y un sombrero florido. Y me voy sentar de lo más Cucarachita Martínez, aquí frente a la computadora, a esperar respuestas de mis distinguidos y respetuosos lectores. ¿Cómo contactarme? Facilito Carolina Espada; aquí estoy hecha toda una interrogación.
1 “Delirio”, premio Alfaguara de novela, 2004
® Publicado en el vespertino “El Mundo”