Azorada

Carolina Espada

"¡Suuussstooo, Xiomara! ¡Hay treinta monjas pletóricas de gozo en este vuelo! ¡Eso es pavosísimo, pana! ¡Bájate ya del avión!"

Esa fue la voz de la conciencia, pero como Xiomara es algo sorda, fue y se sentó en el 24C (pasillo). A su lado (centro) iba un cura de Valencia y, en el 24A (ventana), un rockero español de manualito: greñas, tatuajes y cadenas.

Y pasaba la aeromoza con sus 30 cms. de minifalda y el cantante gritaba: "¡Menuda loba! ¡Pero qué polvo tiene! ¡Que está para comérsela a bocados!".

Y el sacerdote se esforzaba por parecer adulto contemporáneo.

Y ahí venía otra azafata. Leve inclinación. Pantaletas.

"¡Estás de escándalo, guapa! ¡Ven que te canto una canción de uno que mató a su mujer y se la comió porque la amaba!"

Y el Padre pensaba: "No matarás. No te comerás a tu Esposa, ni a la del Prójimo". Pero, de lo más advanced, no decía nada.

"¡Hombre, que estas chavalas están como un tren! ¿¡Todas las venezolanas son así!?"

Y Xiomara se asomó: "Mírame..."

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Era un vuelo variopinto: venía un nutrido grupo de aborígenes (pues el destino final era Lima); estaba el papá de una Miss Universo y un director de orquesta recién nacionalizado español; ah, y un señor, con alzheimer y que se quería bajar, aunque ya estaban más arriba de las nubecitas.

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La aeromoza de las panties de rayitas, algo nerviosa, tomó el telefonito, se pasó el pelo por detrás de la oreja -así rapidito- y anunció: "Señores pasajeros, próximamente el capitán va a dar vuelta en "U" y vamos a hacer un aterrizaje de emergencia en Las Azores..."

Murmullos...

"Es que un pasajero de Primera Clase tiene como un síncope y vamos a aterrizar. Favor coloquen el respaldo de su asiento en posición vertical y no se olviden del cinturón..."

Silencio..

Y súbitamente, el gallego del 19-D, se para y se atrinchera en el pasillo: "¡¡¡Mentira!!! ¡¡¡Qué sícunpe, ni que niñu muertu!!! ¡¡¡Una bomba!!! ¡¡¡Questu tieni una bomba y vamus a estallar!!!"

Y el rockero llorando: "¡Padre, confiéseme, que he pecado!"

Y las monjitas cantando: "¡Aveeé, aveeé, ave Marí-i-aaa!"

Y los pigmeos condorpaseando al son de sus quenas.

Y las aeromozas pegando carreritas y todos con la certeza de que, en caso de estallido, las de las pantaleticas iban a ser las primeras en histerizarse y lanzarse en paracaídas.

"¡Aveeé, aveeé, ave Marí-i-aaa!"

Entonces salió una pasajera de primera clase: "Por favor... se está haciendo un acto dihumanidaD. Si esto les pasara a uno de ustedes, aquí en la clase económica, nosotros también aterrizaríamos... Tienen que comprender que yo soy la principal interesada en volver a mi casa después de toda una semana de compras en MadriD..."

¿...?

Xiomara hundió su rostro en su suplemento de "Mortadelo y Filemón"... pero una voz (no era la de su conciencia, sino la del pasado) por allá como por el occipital, le susurraba desmemoriada: "Las Azores... Las Azores... ¿¡Qué fue lo que pasó en Las Azores!?... ¿Era un volcán?... ¿Una película?... ¿'Las Azores al Oeste de Java'?..."

Menos mal que no se acordó.

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Una hora encerrados en el avión al final de la pista de aterrizaje. "No se levante de su asiento. No, no puede ir a hacer pipí. ¿¡Cómo quiere que le dé el almuerzo?! Ahora no se le puede dar ni agua."

Y el rocanrolero tenía una fantasía: volver a despegar, abrir la ventanita, y lanzar a las antipáticas esas, una por una, al Atlántico.

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Tres horas en una base militar. Tarjeta telefónica: 8.000 bolívares al cambio. Y tras, haberla comprado, le dicen: "Es sólo para uso local..."

"Ajá... ya voy a llamar a todo el mundo en Las Azores..."

Llamada collect a la madre angustiada en Caracas. La madre no acepta la llamada.

Una cantina. Unas mesoneras con blusas blancas transparentosas y sostenes negros.

Un afiche vieeejo, desleído, sesentoso de las playas del lugar.

Una cola de viajeros para tomarse una foto de constancia con ese afiche.

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Los hechos de que a Xiomara se le haya "perdido" una maleta en Maiquetía; un muchachito le haya querido arrebatar la cartera al salir del terminal, y el taxista la haya estafado, pues la tarifa y que era de 18.000 bolos, pero él y que no tenía cambio para 20.000... eso... eso es sólo parte del folklore nacional.

Carolina Espada

Publicado el Lunes, 1ro de noviembre de 1999 en el diario EL NACIONAL


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