Estación metrosexual

Luis Fernández

Si usted está estresado por la situación del país, tiene una “lipa” que no le permite verse las “partes”, su mujer es de las que huele a fritangas y le pregunta al llegar “papi, por qué no me sacas un rato, mira que bonito quedó el crochet que le tejí a la tapa de la poceta...”, si está harto de un trabajo aburrido y rutinario, y sueña secretamente con mandarlo todo a la mierda y levantarse a una supermujer, tipo Madonna o Mimí Lazo, que no le pida permisos ni protecciones, que lo saque a usted, que lo vuelva loco y le dé sentido a su patética existencia, yo le tengo la solución: aborde el tren de la nueva modernidad en la fulgurante Estación Metrosexual.

Este revolucionario concepto nace de la incapacidad de toda supermujer de relacionarse saludablemente con otra, de allí su necesidad de fundir en uno a su mejor amiga con el hombre de su vida. La cosa no es sencilla, pero dada su circunstancia el sacrificio valdrá la pena. Por supuesto, tendrá que ir al gimnasio, ese es el primer paso para abordar esta nave.

No se resista, estamos en el país estadísticamente más vanidoso del planeta, así que no le queda otra, usted será comparado con misters, actores de moda, deportistas millonarios y hasta con alcaldes de carita de rosa. Bastante ha comparado usted el exceso celulítico de la tejedora de crochet con la catira de la valla, así que aténgase a las consecuencias de sus actos, un Metrosexual reconoce sus errores y aprende de ellos.

El segundo paso es hacer todo lo que haría un homosexual. Desde luego, si usted está seguro de su virilidad pues no tiene nada que temer, esa vaina no se pega ni se despierta de pronto, ahora, si usted se siente agredido por la cosa gay, olvídese del asunto y retírese del juego con la tranquilidad de saber que será la señora Crochet la que lo mandará al carajo al descubrir que su disgusto con la vida proviene de estar encerrado en el closet.

En efecto, la apariencia de una sexualidad dudosa resulta de gran ayuda a la hora de conquistar una de estas supermujeres, de modo que debe usted hacer un taller intensivo de “Will and Grace”, decir “fabuloso” sin botar mucha pluma, repetir alguna frase de Boris Izaguirre como si fuera suya y averiguar qué tipo de tacón planea sacar Tom Ford para el FallWinter Collection de Ives Saint Laurent. No tema a mostrarse vulnerable, aunque nunca llorón, y si tiene usted algo de tino, aprenderá en pocos días que de cuando en cuando una supermujer quiere que la manden a callar y que le digan lo que tiene que hacer. Éste será el toque cavernícola que contrarrestará la mariquera y que le provocará la certeza de que usted es más macho que ellas cuando hace falta (pero no se haga ilusiones, ellas, a diferencia de la señora Crochet, terminarán haciendo lo que les venga en gana).

Por último, y esto sí que será difícil, debe usted seguir los pasos de los grandes Metrosexuales de la historia, desde Casanova hasta Beckham, y emprender la larga travesía de estos “vaginautas” en busca del “punto G” perdido.

Cuando penetre ese laberinto tenebroso de orgasmos múltiples, colmado de espejismos indescifrables, con la tranquilidad que da haber perdido la obsesión por comprenderlo, cuando lo haga naturalmente y sin esfuerzo, habrá triunfado usted sobre el monstruo de la femineidad. Podrá entonces bajarse del tren y seguir con sus rutinas, sabiendo que puede tener a su lado a la mujer que desee y, sobre todo, teniendo clara conciencia de lo inútil que ha resultado a lo largo de la historia hacerles la guerra en lugar del amor.

Luis Fernández

Publicado en el diario El Mundo


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