Porque el mundo me ha hecho así
Respuesta al artículo de Carolina Espada

Luis Fernández

Mi estimada Señorita Espada:

Debo confesar que yo sí, sí lo he hecho, las he enviado por ese camino que usted indica en su artículo (a que les den por donde es y esas vulgaridades), a más de una, pero no lo tome a mal, no ha sido mi intención ofenderlas ni nada parecido, permítame exponer las razones por las que lo he hecho: Si uno vive cerca del Caribe, a veces es difícil encontrar la oportunidad para semejante insulto, para que se sienta merecido, aunque conste que habrá más de una que lo merezca, pero tomemos como ejemplo ciudades como Nueva York o Madrid, donde la "mala ostia" es lo que impera en el ánimo, si esta viene aderezada por una exigencia de igualdad de géneros y una alturita de mentón tipo "no me jodas mucho que te jodo yo", no se le puede dar cabida al tonito histérico que produce la evidente carencia. Hablemos claro, si nos tratamos de tú a tú, no podemos tolerar esas tensiones a lo Señorita Rottenmeier. No, de ninguna manera, eso sería condescendiente y discriminatorio. Pensarlo, porque lo pensamos, y no decirlo sería "políticamente correcto" y esa correción es de las cosas del primer mundo que a mí más me arrechan por ser la cubierta perfecta para el sexismo, el racismo y la homofobia.

No mandarlas a satisfacerse sería una falta, sería como decir: bueno, es que es mujer, y ellas son así, con ellas no hay salida fácil, es que la dejaron por otra más joven, es que nunca se ha casado, es que está gorda o vieja o bruta y esas cosas, que si yo fuera mujer me enervarían aún más que el envío a la fornicación.

Analicemos la causal del insulto, si es que hemos de clasificarlo como tal. Según los propios evangelistas, la mujer es por definición "de poca fe" (fe-minus, del latín o algo así), más o menos puesta en el mundo para joder al macho. Y tienden a la histeria (eso está en "Beatas y endemoniadas", no lo digo yo), y por esas cosas tan de ellas las mandaban a tostarse en la hoguera. Los musulmanes las clausuran en ropajes y harenes (para que se jodan entre ellas y no los jodan a ellos) y los judíos las sientan en el piso de arriba de la sinagoga, por no hablar de lo que les hacen algunos españoles y Carrera Almoina. Lo anterior es horrendo, brutal, pero pasa, está, y, me dará razón usted, mi estimada, les parece, incluso a un montón de esas mismas mujeres y a la jueza aquella, la preñada, normal.

Luego están las otras, las que compiten en el mundo corporativo, las que probablemente hayan desarrolado la capacidad de satisfacer la carencia por encima de la escases de partidarios y de nuestras flagrantes incapacidades para hacerlo. Y así todo, a la hora de la confrontación, en lugar de mandarnos a dar el culo u ofrecernos una coñaza, que sería lo apropiado, todavía se permiten un momento Rotenmeier, ya por costumbre, ya porque les resulta adecuado para lograr objetivos o simplemente para sentirse mujeres.

Es allí donde uno dice la cosa, allí donde la brecha de géneros llega al climax y uno, en el colmo del paroxismo incomunicacional, cuando ya no encuentra qué carajos hacer para llegar a un acuerdo, suelta la perla, como vávula de escape, como justificación a lo incomprensible y rompe el diálogo y toda posibilidad de acordar nada y huye sintiéndose ganador de la confrontación. Pero, de nuevo, esta salida cavernícola, tan fácil y concluyente, no es más que otra de nuestras capitulaciones. Véalo, mi estimada, como lo siguiente: Al pronunciar que ésta o aquella están faltas de algo, si ese algo es lo que tendríamos que proveer nosotros e históricamente no lo hemos hecho prácticamente nunca a cabalidad, ¿no resultaría casi un elogio? ¿no sería más bien como decirles, tienes razón, mami, de ponerte así, si somos totalmente incapaces, no sólo de entenderte, ni siquiera de proveer lo más básicos servicios sociales? Yo creo que es, al menos de mi parte, un reconocer nuestra debilidad ante ustedes y una autoflagelación a nuestra virilidad.

No lo tome, pues, a mal, mi estimada. Es, en última instancia, un piropo más, grosero y fuera de lugar, sí, pero es que así somos nosotros.

Mis respetos y mis disculpas genéricas por la insensibilidad del macho universal.

Luis Fernández

Publicado en el diario El Mundo.


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