Una piñata del siglo XXI

Rafael Osío Cabrices

Uno de los efectos colaterales de la paternidad son las fiestas infantiles.

Cada vez que el chamo de uno cumple años o hay que llevarlo a la ruidosa conmemoración del nacimiento de un amiguito suyo,hay que someterse a un nuevo test sobre cuánto se le quiere.

Si el cumpleañero es lo suficientemente pequeño como para carecer de influencia sobre la selección musical, hay que soportar las estridentes canciones grabadas para el gremio pesadillesco de los payasos.

Si no, él mismo se encarga de pedir que se reproduzcan unas 200 veces las dos o tres canciones que en ese momento lo enloquecen, y eso puede ser, por ejemplo, el más genital reggaeton.

Pero allí no sólo hay que confrontar la música que uno trata de no oír, sino también la gente que uno intenta no encontrarse. El gordo con aliento a whisky barato que te pregunta “¿a qué se dedica usted, hermanazo?” La sesentona a quien las cirugías han provisto de una expresión extraterrestre, que te ahoga con clichés del escualidismo radical. La madre hiperquinética que hala por los brazos a los pobres niños tímidos y los saca a bailar con la violencia suficiente para hacerlos derramar sus cartas de Yu Gi Oh!

La abuela sobreprotectora que instala la tensión al regañar a un niño que no conoce porque su nieta llorona le dijo que la estaba molestando.

Todo esto en presencia de monótonas cantidades de salchichitas de cóctel,pepitos,gelatina contaminada con ponqué casero, refrescos, calor y dentro de la deprimente geografía de esas amplias y retumbantes celdas para locos que son los llamados “salones de fiesta”. Hay que sentarse en temblorosas sillas blancas de plástico a esperar por varias horas a que se convoque a cantar la interminable “Ay, qué noche tan preciosa”, y a que el hijo al que con tanto esfuerzo le intentas inculcar la solidaridad y el respeto por los otros se le arrastre al linchamiento de la piñata, una hermosa tradición mediante la cual se le enseña a los niños que hay que ejercer la máxima violencia contra un saco de insignificantes bienes, hasta que mane la riqueza de su vientre roto y haya que batirse como un salvaje con los demás para hacerse de la mayor porción de soldaditos de plástico.

Quién sabe si para mal o para bien, el género ha comenzado a derivar hacia manifestaciones más propicias de los nuevos tiempos.

De las plantas bajas de los edificios y los más democráticos kioscos en los parques públicos, las entrañables fiestas infantiles han comenzado a migrar hacia espacios más regulados.

Primero fueron los locales de la fast food.

Sus parques sin ángulos filosos y sus anfitrionas con repertorio de juegos acudieron con indudable sabiduría al rescate de los padres preocupados por hallar un modelo alternativo. Pero la modernidad no se detiene, y no perdona nada. Ni las piñatas.

Hace poco presencié en un centro comercial del noreste de Caracas una nueva modalidad de agasajo preadolescente.

Ocurría en un local cerrado y frío, de paredes pintadas como si fueran el fuselaje camuflado de un avión caza. Las madres parloteaban junto a la mesa de bebidas y pasapalos.

Los niños estaban clavados frente a sus respectivos computadores, con grandes audífonos aislándolos del mundo.

El que no estaba jugando a que acribillaba nazis, sarracenos o terroristas de Al Qaeda, chateaba con algún congénere remoto o competía en una angustiante justa virtual de Fórmula Uno.

Era la fiestica conectada, la ciberpiñata.

En vez de un Spiderman de cartón con flecos de papel coloreado, llevaba los golpes un matón hecho de pixels, que retaba en inglés a un flaquito de ocho años experto en Google. En vez de tratar de ponerle la cola al burro, la muchachita con cola de caballo conversaba en el Messenger con una amiga en Maracaibo sobre los músculos de Brad Pitt. Afuera, un par de zagaletones comentaban que los convidados al cumpleaños con Internet eran unos “perdedores”. Adentro, las invitadas concluían que “ay,no,mana,la verdad es que esto es de lo más bueno”.

Rafael Osío Cabrices

Publicado en El Nacional Revista Todo en Domingo - Domingo 24 de Julio de 2005


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