El Guaire es navegable

Gerry Pujol

A la altura de Bello Monte, bandadas de corocoras rojas, garzas y flamencos, engullían con avidez las crías de peces y crustáceos que manaban del gigantesco surtidor de aguas cristalinas, el mismo que años atrás vomitaba líquidos putrefactos a los pies de un grupo de garcitas cenicientas, que ensuciaban su blanco plumaje pescando chiripas ahogadas y grumos gelatinosos de color indefinido.

Los Atarrayeros del Guaire, poderoso sindicato formado por indigentes rescatados y reeducados durante la Gran Reforma, lanzaban con rústica elegancia las flores abiertas de sus redes, para recibir los frutos del cauce pródigo. Los coporos, cachamas y bagres entregados por el río, se vendían a muy bajo precio –apenas 10 Libertadores el kilo– en los coloridos Mercados de Fuerza Popular. En una hermosa escuela a la orilla del río, los niños repetían la lección de la maestra Bolivariana; sus voces a coro surgían por el ventanal, y se mezclaban con el sol de la tarde y los gritos de las guacamayas juguetonas.

Las silenciosas barcazas eléctricas del Servicio de Transporte Fluvial Popular, bautizado por los caraqueños como “Acuametro”, se detenían puntualmente en las diversas paradas a lo largo del río. El Cuerpo de Jardineros Metropolitanos (antes Policía Metropolitana) se encargaba diligentemente del cuidado de los jardines multicolores dispersos por la ciudad. Extinguida la delincuencia, los pocos infractores de la ley eran llevados a la cárcel más grande de Latinoamérica  —plena de corruptos y estrenada por Blanca Ibáñez en un día de júbilo nacional—, construida en las afueras de Nueva Bolivia, la recién creada Capital de la República, colosal metrópolis en plena selva amazónica, de insuperables dimensiones y belleza urbanística, que hacían parecer a Brasilia como un pueblito de carretera.

Desde embarcaciones con techos de vidrio, turistas asombrados tomaban fotos a los araguaneyes y apamates floridos, y a los pastizales polícromos que crecían en las colinas anteriormente cubiertas de ranchos; con la boca abierta, parecía que imitaban a los caimanes que aprovechaban en la orilla el último calor de la tarde, en un paseo que incluía una parada en el Centro de Compras Solidarias Sambil, y que terminaba en el Parque de la Revolución —construido sobre el antiguo aeropuerto de La Carlota—, donde se levantaba imponente una estatua en bronce de 30 metros de altura del Reformador, con su boina y uniforme de Comandante, y su brazo en gesto enérgico señalando el futuro, pleno de bienestar social y progreso. Más adelante, el río henchido de cañaverales, ceibas y caobos, se entregaba al Tuy cual inmaculada vestal, para finalmente verter sus impecables aguas en el Mar de la Felicidad, otrora Mar Caribe.

En la Escuela Bolivariana, un molesto timbre anunció el final de la clase.

Era mi reloj despertador.

Un codazo de mi esposa terminó de despabilarme.

Sentado al borde de la cama, aún resonaba en mi cabeza el monótono estribillo de los niños:

“Nuestros ríos navegables son: el Orinoco, el Apure, el Guaire, el Arauca…”

Jerry Pujol ©Nojile


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