A éstos que rechazan el elemento europeo
habría que recordarles que toda cultura
es híbrida y que es candorosa la idea
de algo platónicamente americano
Ernesto Sábato
¿Quién le habría dicho a Cristóbal Colón mientras se quemaba las pestañas entre mapas, catalejos y compases con la extraña certeza de que la Tierra era redonda; que casi cuatrocientos años después al otro lado del océano, allá donde sus contemporáneos pensaban que había un abismo plagado de monstruos y de sombras, en un joven país llamado Venezuela se le erigiría una estatua? ¿Cómo podría imaginar el incomprendido navegante genovés que siglos después de haber recorrido las principales cortes europeas y ser motivo de burlas y de escarnios antes de que los reyes de España le dieran el visto bueno a la arriesgada expedición, que sobre la piedra blanca de la estatua de Rafael de la Cova, develada en 1899 y bautizada “Monumento a Colón en el Golfo Triste”, en el año 2004 los agravios y las afrentas se repetirían? ¿Cómo podía suponer un hombre que murió pobre y en el olvido, creyendo que Cuba era China, un descubridor que no llegó a saber el alcance de su descubrimiento, que a quinientos años de vistear la Tierra de Gracia sería considerado persona non-grata en ella? Que su pomposa estatua afrancesada, como lo dictaban los cánones estéticos del siglo XIX, en la revolución bolivariana engrosaría con sus vecinas de la Plaza Venezuela Abra Solar de Alejandro Otero, Fisiocromía de Cruz Diez, y a pocos metros, la ausencia de María Lionza de Alejandro Colina la lista de este cementerio de esculturas en el que se ha convertido Caracas.
“Colón=Bush Fuera”, “Colón genocida de las Indias”, “Españoles racistas”, “No volverán” ; rezan los graffitis de aquellos que sueñan con una Venezuela impoluta. Me pregunto si estos luchadores contra molinos de viento que andan por la ciudad armados con latas de spray de pintura roja, habrán pasado por la Plaza Venezuela durante el día; si se habrán fijado que al lado de la estatua de Colón hay un pequeño parque infantil, como deben ser todos los parques infantiles con árboles, columpios, ruedas y toboganes.
Me pregunto si estos soñadores de la sangre pura americana se habrán dado cuenta de que en este parque en lugar de niños jugando, hay indigentes durmiendo: hombres y mujeres que lo perdieron todo o que ya no tienen nada, ni siquiera la seguridad de sentirse dueños de los umbrales, de las plazas y de los parques. Seres humanos que duermen de día para protegerse de la noche, porque al igual que en el cuento Boquerón de Humberto Mata, una epidemia de muertes violentas está azotando a los indigentes de Caracas, y aunque hace semanas que no hay una nueva víctima, tampoco se ha señalado a los culpables.
Leo los graffitis y reconozco el hipócrita discurso antiimperialista del gobierno revolucionario. Sin duda es más fácil luchar contra entelequias que contra realidades. Es más fácil responsabilizar de nuestra miseria al presidente de los Estados Unidos, a los reyes de Castilla y a un navegante genovés cuyos huesos no se sabe si yacen en Sevilla o en Italia, que enfrentar la realidad de que por muchas misiones, promesas populistas y petróleo a cincuenta dólares el barril, nuestra ciudad nunca ha estado en un estado tan deplorable.
Veo a Colón rayado de rojo y me da por pensar en Galileo, qué suerte que a ningún autócrata venezolano se le ocurrió erigir una estatua en su honor, porque en estos tiempos de fanatismo revolucionario, el astrónomo italiano no se habría salvado de la hoguera (o del spray) por el único pecado de certificar que el Sol, los planetas, la historia y las estrellas no giran alrededor de la revolución.
PD: 24 horas después de enviada esta crónica, es noticia en primera plana de El Nacional: “Quemaron a dos indigentes en puente Llaguno”.
Publicado el sábado 9 de octubre de 2004 en el diario El Nacional