En el universitario

Adriana Villanueva

I

A mi amiga Carola le dio por hacerse fanática de Caribes de Oriente. Con ese afán que tenemos los venezolanos de identificarnos con un equipo de béisbol, esta licenciada en Letras con postgrado en la Sorbona después de toda una vida decretándose Magallanera, desde que el presidente Chávez esgrimió su fanatismo por el equipo de los turcos como propaganda política, Carola dijo: “Hasta aquí me trajo el río”, y rompió en pedacitos su carnet de los Navegantes. Y aunque su primo José Ignacio Cabrujas dejó testimonio escrito que eso de estar cambiando de equipo no es cosa fácil, Carola, tras cinco años de orfandad deportiva, de repente vio una luz y encontró en la exclusiva afición de Caribes de Oriente el perfecto objeto de su peculiar fanatismo peloteril, porque vamos a estar claros, mi querida amiga sabe mucho de estructura dramática y es una tigra en reglas gramaticales, pero apostaría a que la muy intelectual es incapaz de distinguir al sior, como ella llama al campo corto, del tercera base.

Sólo hay un problema: nuestra amistad ha sido terminantemente prohibida por el fanático de mi marido: “No quiero ver a esa camaleona en mi casa”. Lo conozco, el padre de mis hijos sería incapaz de tomar en serio a quien abandona una afición de toda la vida, como nadie toma en serio a un niño que siempre va por el equipo que está ganando. Si Carola hubiera traspasado su afecto a Pastora de los Llanos o a las Águilas del Zulia, él tan sólo se habría reído, “esa amiga tuya si tiene cosas”, pero ¿a Caribes de Oriente? ¡Aaaay Caribes de Oriente! El equipo de Puerto la Cruz se ha convertido este recién comenzado año 2004 en el nuevo Némesis del fanático de mi marido.

 Para entender tan extraño conflicto amistoso-conyugal, hay que remontarse a principios de temporada cuando por primera vez en mucho tiempo el equipo de los escualos prometía dar la batalla. El pequeño Ozzie estaba por cumplir cuatro años, ya iba siendo hora de llevarlo al estadio universitario para que oyera la samba de los tambores de Naiguatá y el emocionante grito de guerra: “¡Ehhh, La Guaira!” Lo confieso, traté de darle largas al asunto, he oído demasiados cuentos de niños que sus padres los llevan desde muy pequeños al estadio, tan pequeños que se aburren y terminan odiando al béisbol. No quería que eso le pasara a Ozzie, soñaba con que su primer juego fuera un evento inolvidable y sabía que para ello mi niño tenía que por lo menos saber distinguir un foul de un jonrón. Además, durante años los Tiburones no habían hecho sino romperle el corazón al fanático de mi marido, me negaba a que el pequeño Ozzie sufriera el terrible desasosiego del despecho deportivo.

En noviembre de 2003, entre los sofocos del reafirmazo por el referendo revocatorio, los feroces Tiburones mostraban los colmillos a sus adversarios. El fanático de mi marido aprovechó para guardar el balón de fútbol y la patineta que ya le había costado un diente a nuestro diablito, y desempolvó el bate de Mickey Mouse para enseñarle a su hijo cómo no quitarle la mirada a la bola si se la quiere sacar del parque. El pequeño Ozzie resultó un alumno entusiasta, tan entusiasta que su padre comenzó a planear su primera ida al estadio, pero el muy caleta decidió que este primer juego tenía que ser cosa de hombres, cual momento Master Card que no tiene precio, la madre y las hermanas estorbábamos en este rito de iniciación masculina, por eso el muy bandido se tenía calladito que ese sábado en el que las mujeres de la casa habíamos amenazado con agarrarnos la tarde para ver Legalmente Rubia 2, los hombres se iban a poner su cachucha azul con la T de Tiburones para comerse en salsa a los Cardenales de Lara en el estadio Universitario.

Esa mañana en el desayuno nada me hizo adivinar los planes de mi marido, se había levantado con la misma cara de mártir que cargaba desde hacía días de mientras ustedes van al cine a disfrutar de la vida, yo, en lugar de estar jugando golf, me tengo que quedar cuidando al muchachito. Quizás por eso revisé mejor la cartelera cinematográfica, pensando en mi pobre marido que trabaja tanto durante la semana y que merece una tarde de golf de vez en cuando, y vi que en matiné del cine San Ignacio estaban pasando Lara Croft, Asalta tumbas; una película de acción que el pequeño Ozzie no se quería perder. Por eso jurando que me la estaba comiendo, anuncié frente a las panquecas y el jugo de naranja que esa tarde sabatina el abnegado padre estaba libre de toda responsabilidad porque Ozzie nos acompañaría al cine; pero en vez del agradecimiento eterno que esperaba junto con la firme promesa que sería mi esclavo por el resto del fin de semana, el fanático de mi marido me puso una carota y mientras Ozzie celebraba brincando que iba para el cine, su injusto padre me acusó de uno de los pecados más viles de los que se puede acusar a una madre: “Si al niño no le gusta el béisbol, es culpa tuya”.

No tiene sentido tratar de deshacer lo que ya está hecho, cuando mi marido me confesó los planes de llevar a Ozzie al juego perfecto: Tiburones-Cardenales... en la tarde... no va mucha gente; traté de convencer al niño de escoger béisbol sobre cine, pero fue inútil. Lo peor es que nos quedamos sin el chivo y sin el mecate porque una vez en el Centro San Ignacio al pedir las entradas para Lara Croft; la taquillera con la mayor indiferencia nos participó que la función había sido suspendida. Para colmo, esa tarde los Tiburones blanquearon a los Cardenales. Durante semanas pensé que mi matrimonio había llegado a su fin porque mi marido no hacía sino recriminarme el haber desperdiciado una oportunidad dorada para llevar a nuestro futuro grande liga al estadio; además de echarme en cara, como si fuera culpa mía, que en las páginas deportivas de El Nacional sólo le dan importancia a las victorias de Magallanes y Caracas. Fue necesario que Los Navegantes no clasificaran para el round robin y que La Guaira eliminara a Los Leones, para que el muy rencoroso, recuperara su sonrisa y la intención de llevar a su hijo al estadio.

II

Del primer intento fallido de llevar al niño al Universitario, el fanático de mi marido aprendió una lección: jamás dejar a su mujer fuera de sus planes. Y pensar que nuestro noviazgo tuvo como escenario el palco arriba de primera base del Universitario. Eran los gloriosos años 80, década en la que vivíamos con la entrañable seguridad de que cada cinco años habría elecciones presidenciales y que los Tiburones de la Guaira darían la pelea hasta el final. Después de un largo noviazgo con una chica indiferente al béisbol, mi ardiente enamorado no podía creer que había encontrado en esta estudiante de Arte a una novia que sabía que un wild pitch no era un cocktail de ron, y además, era aficionada a los Tiburones de la Guaira. Y yo, después de varios novios, pretendientes y pretendidos que se negaron a llevarme al estadio con la excusa de que ese no es lugar para mujeres, por fin encontré en este ingeniero civil a un hombre que me regaló una cachucha y una banderín y me llevó sin ningún pudor a ser bañada de cerveza bajo el grito delirante de : ¡Tiburones, eh!

 Eran los tiempos del gran Ozzie Guillén, quien a veces jugaba y a veces no porque entonces era el alma de los Medias Blancas de Chicago; tiempos de Luis Salazar, el hoy manager de los Tiburones; tiempos del Café Martínez, un negrote que siempre la sacaba de jonrón; de Norman Carrasco, de Raúl Pérez Tovar, de Aurelio Monteagudo, de Alfredo Pedrique, de Luis Mercedes Sánchez, del inolvidable Gustavo Polidor. Siempre nos sentábamos en el mismo puesto, arriba del dogaut, y nos encontrábamos a los mismos fanáticos que durante años habían compartido con mi entonces novio su afición deportiva: Fantés, el más temperamental de los aficionados escualos quien no perdonaba un error y tales eran los insultos a los peloteros en desgracia, que hasta una vez el Café se subió a las gradas para darle su tatequieto; Luis, quien llevaba guindado un escapulario al que se asía fuertemente cada vez que había un momento de tensión, no temía llorar cuando las cosas salían mal, y arrodillarse y rezar agradecido cuando un inesperado jonrón dejaba al enemigo en el terreno; los hermanos González, Martín y Yoyo, incondicionales guairistas a pesar de tener la mala influencia de un padre y un hermano magallaneros. Y tantos amigos anónimos a los que tratábamos con la hermandad de celebrar hits, milagrosas atrapadas contra la pared y jonrones con las bases llenas. Sin olvidar a Jerónimo, el cervecero, que entre cerveza y cerveza dejaba descansar su caja en el piso para sentarse y comentar una jugada. Y siempre, siempre, siempre, en la mitad de los juegos, se colaba un fanático en el campo, un loquito al que llamaban “Pañuelito”, porque agitaba un pañuelo blanco para animar a los fanáticos de los Tiburones.

Los años pasaron, la liga venezolana se extendió naciendo nuevos equipos como Caribes de Oriente y Pastora de los Llanos. El fanático de mi marido insiste que esta expansión fue una debacle para el béisbol nacional porque no contamos con suficientes jugadores buenos como para soportar tantos equipos sin sacrificar calidad. Él dice que el béisbol profesional se ha convertido en una caimanera y la primera víctima fueron los Tiburones de la Guaira, quienes en los años noventa no vieron luz. Nos casamos, nacieron nuestros hijos, el romance del noviazgo se transformó en la cotidianidad del matrimonio; sucedió la tragedia del deslave en Vargas; la muerte de Perucho y Peruchito, dueños y motores de Los Tiburones; el virus de la política nos infectó a los venezolanos con la llegada a Miraflores de un presidente magallanero que promete quedarse en el poder durante más de veinte años; y así, poco a poco, casi imperceptiblemente, dejamos de ir al Universitario.

III

Matemáticamente las probabilidades estaban a nuestro favor, de la serie particular de once juegos Tiburones-Caribes, sólo ganamos dos, no podíamos perder tanto con los indios orientales, nosotros, que esta temporada fuimos verdugo de un equipo con excelentes peloteros como los Leones del Caracas. Por eso, con la confianza de que ese sábado de enero terminaríamos con la mala racha que nos había convertido en la sopa de Caribes y pasaríamos a la final por primera vez en catorce años, decidimos que ése era el día señalado por los dioses para llevar al pequeño Ozzie al estadio.

Nuestro amigo Alberto y sus hijos Diego y Marcos, de doce y nueve años, a pesar de ser magallaneros –de los no arrepentidos- nos quisieron acompañar en este bautizo deportivo, querían celebrar que La Guaira habían eliminado a los Leones. Flor, la esposa de Alberto, me llamó sorprendida: “¿Tú vas al estadio? A mi no me llevan ni amarrada”. Sonaba tentador una tarde libre, las niñas iban para una fiesta y yo podía aprovechar esas horas de sabrosa soledad leyendo o alquilando una película francesa, pero dos razones de peso inclinaron la balanza a favor de la tarde deportiva: la primera, por nada del mundo me perdería la primera visita del pequeño Ozzie al Universitario; la segunda era una razón político-periodístico-sociológico-histórico-cultural, quería sentir en vivo y directo a un estadio que ruge: “Se va, se va, se va”.

Dicen que la política no se debe mezclar con los deportes porque los envilecen, pero en esta Venezuela tan polarizada ni el béisbol se salva de este mal que hoy nos divide a los venezolanos en oficialistas y oposición. Ningún vocero del gobierno se atreve a pisar un estadio nacional porque se arriesga a una dolorosa pita. El presidente Chávez, tan aficionado a la pelota como al nombre de Simón Bolívar y a las canciones de Alí Primera, ha tratado de superar este despecho invitando a los equipos de béisbol profesional a jugar en Fuerte Tiuna, invitación que suele ser rechazada, y creando ligas paralelas que no terminan de arrancar. Pero definitivamente el béisbol es escuálido, por eso mientras los voceros del gobierno insistían que la recolección de firmas para el referendo revocatorio había sido un fracaso porque la oposición es apenas una elitista clase privilegiada, hasta yo dudaba: ¿será verdad que Venezuela está con Chávez? pero al sintonizar cualquier juego de pelota nacional, en cualquier ciudad del territorio nacional, con esa fanaticada policlasista que caracteriza nuestra afición en la que se puede encontrar codo a codo desde buhoneros hasta empresarios; entre las voces a veces airadas y a veces emocionadas de los locutores narrando una atrapada asombrosa o una bola que se fue de piconazo, se puede oír clarito, tan claro como los truenos de una tormenta, un rugido que jura: “Si va a caer, si va a caer, este gobierno va a caer”.

IV

Así, a las cinco y media de una oscura tarde de enero, después de hacer la larga cola para comprar la entradas, me encontré sentada con mis amigos, mi hijo y mi marido en el palco de tercera, el palco de los visitantes, aunque ahí casi todos llevábamos la cachucha azul de Tiburones y entre nosotros no habría más de cinco personas con la camisa verde que los acreditaba como aficionados a Caribes de Oriente. Fueron los mejores asientos que conseguimos, el estadio estaba lleno a pesar de que una nube negra amenazaba con suspender el juego por lluvia. Entramos en el segundo inning y ya la Guaira iba perdiendo cuatro carreras por cero, no habíamos terminado de sentarnos cuando un bate partido rozó nuestras cabezas. Como ahora soy madre y no novia, no pude evitar preguntar: “¿Y aquí estamos seguros?” El fanático de mi marido me tranquilizó: “Siempre que no bateé un zurdo”.

A pesar de los años que tenía sin ir al estadio, muchas cosas siguen igual empezando por el olor a meao del estacionamiento, los charquitos que trate de impedir a toda costa que el pequeño Ozzie chapoteara, sabía que no eran precisamente pozos de lluvia estancada. Quizás porque en Caracas cada vez hay más edificios, o porque el efecto de El Niño sigue haciendo de las suyas, o porque me estoy poniendo vieja acalorada, ese frío que me hacía titiritar sentada en las incomodas gradas del estadio, hoy apenas me parece un fresquito. Los revendedores siguen revendiendo entradas frente al enorme cartel que anuncia que todo niño mayor de dos años paga su entrada, que están prohibidos los borrachos en el estadio, y que es ilegal negociar con revendedores.

A nuestros amigos de entonces no los vimos, el piadoso Luis se fue a vivir a Margarita, de vez en cuando nos lo encontramos en playa Guacuco, también es un augusto padre de familia, quizás nos hace falta su fe y su escapulario para volver a ser campeones. El fanático de mi marido, que va con cierta regularidad al estadio, me cuenta que Jerónimo ya no está; Pañuelito tampoco, fue reemplazado por un tiburón que pasea por el campo aupando a su equipo, a mi no me convence mucho, parece una mascota gringa, un disfraz de Disney World. Dicen que Martín ahora es locutor de los Tiburones, ya no se sienta arriba del Dogaut; su hermano Yoyo vivió unos años en Maracay, tiene cuatro hijos y por fin está de regreso en Caracas, pero no ha vuelto al estadio. El único que queda de aquellos años es Fantés, el iracundo, quien todavía se sienta arriba de primera. A mi marido estas ausencias no parecen afectarlo, en cuestión de minutos entabló amistad con el muchacho que tiene sentado al lado, que es igualito al presidente Chávez pero como veinte años más joven; con un gordito sentado en frente que está con una novia también gordita pero con cara de fastidiada; dos filas más abajo, un musculoso seguidor de Caribes de Oriente se voltea para comentar los aciertos y metidas de pata de los managers; y en la fila de atrás, un joven papá con su bebé que no llega a los dos años, le explica cada una de las jugadas. 

Alberto y sus hijos, magallaneros al fin, no sufren las incidencias del juego, a ellos lo mismo les da que gane Caribe que Tiburones. Parece que vinieron a comer sin la vigilante mirada de Flor, porque en eso sí ha cambiado el estadio en estos años de ausencia, en los ochenta sólo se conseguía pinchos que muchos aseguraban que eran de perro o de gato, también eran famosas las arepas de El Morocho, los tradicionales papita, maní, tostón; y cotufas, cuando celebrábamos una jugada estelar caía en el estadio una lluvia de copos blancos, y al salir, era imposible no pisar los esponjosos granitos por doquier. Hoy el estadio parece una feria de comida rápida en la que se puede encontrar desde pulcros perro calientes hasta pretzels de azúcar y canela. No es necesario pararnos de nuestros asientos si queremos comer bien, en la zona Vip hay mesoneros que pasan tequeños, y a lo largo del estadio, muchachas uniformadas ofrecen mini pizzas Papa John. Además de los tradicionales refrescos y cervezas, hoy venden una sangría caroreña que yo no me atreví a probar. Las sillas siguen siendo tan incómodas como siempre, pero entre innings, una comparsa lanza al público cojines rojos con el logotipo de las galletas Ritz. Lo que no se consigue este nuevo milenio en el estadio son las saladas cotufas en bolsita con las que celebrábamos los “podridos” de Carrasco.

Entre Pretzel, refrescos y pizza, el pequeño Ozzie estaba encantado con el juego, aunque a cada rato preguntaba: “¿Los tiburones van ganando?” Imposible no sentirlo así porque la barra tiburonera, tan joven y entusiasta como la de hace veinte años, aupaba optimista a su equipo ante la amenaza Caribe, “si podemos, sí podemos”, los tambores de Naiguatá no pararon de sonar. Las consignas políticas tampoco faltaron, en varias oportunidades se oyó a la multitud cantando: “Si va a caer, si va a caer, este gobierno va a caer”, pero curiosamente, donde estábamos sentados nadie quiso cantar, ni el fanático de mi marido, ni yo, ni Alberto ni sus hijos, ni el gordito ni la novia aburrida, ni el clon de Chávez, ni el musculoso fanático de Caribes, ni el papá del bebé; sólo un señor de bigotes que molesto gritaba: “¿Es que acaso son chavistas?” No, sencillamente en ese instante viendo como un equipo pasaba a la final y otro tenía que guardar sus esperanzas para el próximo año, logramos que se nos olvidará un poquito la política y nuestras diferencias ideológicas pudieron ser engavetadas por un rato.

La Guaira perdió esa tarde, tampoco por paliza, 8 a 6, según el fanático de mi marido la diferencia se llama Magglio Ordóñez: “Demasiado pelotero, ve un huequito y ahí pone la pelota. Cuarto bate de los Medias Blancas de Chicago. Es como si a mí me pusieran a jugar golf contra Tiger Woods”. Lo que si quedó claro con este juego es que los Tiburones este año fuimos la sopa de Caribes. Al día siguiente, al perder en diez innings con los Tigres de Aragua, quedamos definitivamente eliminados. Al pequeño Ozzie no lo afectó tanto como a su padre la derrota escuala y sólo quita la gorra de Tiburones para dormir, aunque tendrá que esperar hasta octubre para volver al estadio. Flor me pregunta qué le hice a sus niños que regresaron a casa más entusiasmados que cuando van con su padre a ver a Magallanes jugar. Quizás le arrebatamos dos fanáticos a los Navegantes. En cuanto a mi amiga Carola, anda como loca con el pase de Caribes a la final, quería ir al último juego de esta temporada en el Universitario en el que por fin le ganaron los Tiburones para comprarse su hermosa franela verde, y está pensando seriamente ir a Puerto la Cruz para ligar a su nuevo equipo frente a los Tigres de Aragua. Está segura de que van a ganar: “En Venezuela estamos demasiado acostumbrados a matar tigres”. Ante tan brillante deducción deportiva, al fanático de mi marido no le quedó sino perdonarle a Carola su nueva afición... y quizás hasta la acompañe a la Serie del Caribe.


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